La cometa de Hamellin
LA COMETA DE HAMELLIN
Cuando el viento llamó a los niños
Hay llamados que no hacen ruido, pero el silencio los recuerda para siempre
Agosto siempre había sido catalogado como uno de los mejores meses, pues era el tiempo en que se recogían los frutos de la tierra. El aire ruborizaba los rostros y el viento acariciaba de forma inocente y juguetona, invitando a personas de todas las edades a salir y contemplar aquel momento terrenal.
En el pueblo de Buenos Aires, las familias completas se reunían en el cerro de la Eolia, llamado así en honor a la isla donde vivía el dios del viento. Era la época de las cometas artesanales y de los carrizos con hilos encerados, que se movían con el aire de forma rítmica y sin afán. El cielo parecía entonces un espectro angelical de almas en ascenso o, para los exploradores de momentos, fuegos artificiales sin pólvora.
Corrían los aires de 1986. En el festival anual de cometas, desde el cerro se logró ver una de diseño particular: amorfa, misteriosa y descomunal, guiada por un hilo rojo. El pueblo pudo identificar la imagen de un gran ojo y, con su movimiento, se generaba la inquietante sensación de estar observando a todos. Nadie sabía quién la dirigía ni se atrevía a averiguarlo; se creía que venía del otro lado del río. Durante un largo rato, la atención de muchos se enfocó en aquel ojo al que nunca se le vio parpadear.
La tradición, según los lugareños, decía que cuando una cometa reventaba su hilo, solo los niños salían a buscarla, y quien la encontrara primero se hacía digno de ella.
Al finalizar la tarde, se escuchó un grito del otro lado del río. Fue tan fuerte su eco que, cuando los asistentes del cerro miraron, lograron ver la misteriosa cometa en estado de fuga: no llevaba tensión y el hilo rojo estaba cortado a la mitad. Rápidamente el pueblo gritó en coro: "¡a la búsqueda!", y comenzaron los aplausos.
Los niños se activaron de inmediato. Los más grandes tomaron ventaja; los expertos metieron sus dedos en la boca y calcularon la dirección del viento. Luego decían, como en las aventuras de Peter Pan: "el viento corre a nuestro favor". Los niños, con su energía habitual, corrieron como si siguieran al flautista de Hamelín, sin saber las consecuencias de aquella búsqueda.
El festival de cometas continuó su ritmo de celebración con los rituales tradicionales de agradecimiento a la madre tierra por permitir disfrutar de los frutos nacientes. El pueblo, en el furor del momento y contagiado por el tas-tas de las múltiples copas de vino de mortiño, nunca se fijó en los niños ni se dio cuenta de que no habían regresado. Los adultos siguieron celebrando y, aun con la ausencia de ellos, elevaron los globos de papel cuando el crepúsculo del día regaló su mejor fotografía.
Los festejos terminaron a medianoche. Las familias, incompletas, regresaron a sus casas. Quienes pensaron en sus hijos decían que debían estar cansados por el golpe del sol y que ya estarían acostados. Nadie se preocupó por consultar quién había ganado la cometa misteriosa, como sí lo habían hecho en otros años.
Al amanecer, las sirenas del pueblo se activaron. Se escucharon gritos y, para quienes la resaca no había terminado, los hechos resultaban incomprensibles. Cada puerta del pueblo fue tocada y cada granero recorrido en busca de respuestas. Nadie reconocía su irresponsabilidad ni el desprendimiento y despojo del día anterior.
La búsqueda de los niños se extendió hasta el año nuevo. Aunque enero no es época de vientos fuertes, las familias elevaron cometas y, cuando lograron izarlas, cortaron los hilos, dejando al viento traicionero guiar la última esperanza. El pueblo, más unido que nunca, caminó en una fila prácticamente interminable hasta donde la gravedad abandonó a las cometas.
Oh, sorpresa: encontraron aquel hilo rojo, tal como lo recordaban. Era muy fino y pesado; nadie entendía cómo pudo elevarse. Observaron el hilo extenderse hasta una vieja cueva en forma de ojo. Nadie se atrevió a explorarla.
Desde ese año, el pueblo envejeció. Los vientos soplaron fríos y terminaron coqueteando con la soledad. Las celebraciones quedaron atrás y muchos abandonaron sus tierras. Solo regresan en agosto para elevar cometas blancas, una por cada niño, y al llegar el crepúsculo sueltan los hilos para sentir que las almas ascienden. Con lágrimas en los rostros y la mirada fija en el horizonte etéreo, todos gritan: "Buenos Aires, juventud."
La cometa de Hamellin es un relato donde el viento convoca, la infancia responde y el silencio permanece. Ambientado en un pueblo que celebra agosto como ritual, este cuento explora la culpa colectiva, la memoria y las consecuencias de mirar al cielo mientras se descuida la tierra. Como en la vieja leyenda, los niños siguen un llamado que nadie detiene, y el pueblo aprende —demasiado tarde— a nombrar su pérdida
Escrito: Por Yessid Ibañez

