El día de un geminiano

El día de un geminiano
Despertaste, como siempre, antes del despertador. No fue el sonido el que te arrancó del sueño, sino esa inquietud silenciosa que se instala en el pecho sin avisar. A las cinco de la mañana el mundo aún dormía: la habitación quieta, el aire frío, la ciudad suspendida. Tú no. Ya estabas despierto, pensando, adelantándote a todo sin una razón concreta.
Frente al espejo el día empezó a sentirse real. La luz blanca cayó sobre tu rostro y dejó ver líneas nuevas, sombras conocidas. Sostuviste la mirada unos segundos más. Los miedos regresaron sin aviso, con ese peso antiguo que se posa en los hombros. El cuerpo se tensó. Entonces apareció tu otro yo, el que baja el volumen y ordena el pulso, y el movimiento volvió a ser lento, casi ritual: agua, cepillo, espuma, respiración.
El día avanzó con normalidad para los demás. Para ti, no. Para ti todo suena más fuerte y ocurre más rápido. Las horas se comprimen, los pensamientos chocan entre sí y el cuerpo apenas alcanza a seguirle el ritmo a la mente. El primer sorbo de café fue amargo y caliente; bajó despacio por la garganta, dejó calor en las manos, vapor en el aire. Respiraste. Abriste la bitácora. El lápiz raspó el papel y, por un momento, el caos tuvo forma.
Pero el ruido siempre vuelve. Las voces, las notificaciones, los titulares, las teclas, los pasos. Todo vibra demasiado cerca. Las ideas se multiplican: soluciones que llevan a otras soluciones, caminos que se abren y se cierran al mismo tiempo. Pensar deja de ser un acto y se vuelve inercia. El presente empieza a desdibujarse, como si se deslizara entre los dedos.
En algún punto decides evitar la bitácora. El cuerpo pide descanso; la mente, no. Pantallas, videos cortos, imágenes que pasan sin quedarse. El dedo desliza, los ojos se cansan, el tiempo avanza sin pedir permiso. Tu otro yo observa en silencio. Sabe que no huyes de tareas, sino de pensamientos.
Aun así, cumples. Siempre cumples. El cuerpo responde incluso cuando la mente se dispersa. Una lista mental se cierra, punto por punto, hasta que algo dentro confirma que todo está hecho.
Entonces lo entiendes. El sobrepensar no es solo una manía ni un exceso de ideas: es habitar dos planos al mismo tiempo. Uno donde la mente no se detiene y otro donde el cuerpo actúa con precisión. Dos instantes superpuestos en un mismo día.
Con el tiempo comprendes que ser geminiano es exactamente eso: vivir dividido, pero atento. Sentir de más, escuchar de más, observar incluso cuando duele. Y aceptar que entre tus dos mundos existen los mundos de los otros, mundos que intentas comprender aunque eso implique ceder espacio, tiempo y silencio.
Así transcurre el día de un geminiano. No como una lucha, sino como una escucha. El día se apaga despacio, el ruido baja, el cuerpo encuentra una forma de reposar. La mente, no del todo.
Respiras. Cierras los ojos. Mañana volverás a despertar antes del despertador. Y estará bien.
Nació después de unas copas y un deseo:
darle voz a la mente.
